Píos

sábado, 1 de septiembre de 2012

Grillo


Sentada en la ventana, arrepintiéndome de cada mal paso que he dado en mi vida, queriendo volver atrás y hacer de mi vida algo diferente. Algo mejor. Las lágrimas que surgen de la cuenca de mis ojos apenas se diferencia de la que surge de mi pelo mojado, que el viento se encarga de congelar y obliga a mis dientes a castañear. Sonreí al verme reflejada en el cristal, estaba dando una imagen deprimente y frágil, bien sabía que no era así. Me sequé las lágrimas y me desordené el pelo dándole un poco de calor, fingiendo una felicidad que no me pertenecía.
Encendí el ordenador buscando en él algo de distracción. No encendí el chat... ¿Para que hablar con nadie ahora? Mientras la luz del aparato reflejaba mi cara hinchada oí unos pasitos. Unos pasitos que bien reconocía yo, fingí no prestarle atención. Los pasitos se acercan y se convirtieron en saltos. Lo encontré al lado de mi mano mientras escribo frases insignificantes. Lo ignoré.

- Lizzy – dijo el con una voz triste y baja. 
Pasé de su figura y seguí escribiendo en el ordenador con más fiereza. Dándole golpes a las teclas como si ellas hubiesen tenido toda la culpa del mundo.

- Lizzy – repitió golpeando la mesa con su diminuto paraguas
- ¿Qué es lo que quieres?

Lo miré. Allí estába, diminuto cual bichito que es, con su tez verde y sus manos metidas en guantes, lo sentía. Sabía que no podía pagarlo con él, no tenía la culpa de no haber sido la conciencia que el decía ser.

- No te debes deprimir ahora – me dijo.

Sonreí ante tal sarcasmo, sonreí falsamente y me dirigí a él.

- ¿Acaso me ves triste?
- Lizzy – continuó.
 - Es igual – le dije cerrando el ordenador de un tortazo – no es tu culpa.
- Quizás podría haberte aconsejado.

Me reí.
- Pero yo no hubiese aceptado tus consejos. ¿Recuerdas? Yo soy mi única conciencia, no es mi culpa ser tan mala.
- No, yo soy la imagen de tu conciencia, debería haberte obligado a no hacer esas cosas – me respondió con autoridad. Una autoridad que le arrebaté hace mucho tiempo.
- Tú no eres mi conciencia, ni lo serás. ¿Lo oyes, Pepito? Yo soy la única que puede elegir lo que hago. La única. ¿Escuchas?
 
Pepito dejó su paraguas a un lado y se sentó como un indio sobre el ordenador, mirándome con sus ojos grandes, echándose las culpas a las espaldas.

- Lizzy, no puedes elegir tener conciencia o no. Es una condición humana.
- Quizás no sea humana después de todo – me consuela decir eso, esas palabras eran las que estaba buscando desde hacía mucho tiempo.
- Eres humana, y yo conciencia, y siento no haberte servido de mucho.

Sonreí apenada hacia Pepito. Sentía hacerlo sentir tan mal.

- Yo decidí no escucharte, Pepito.
- No me llames Pepito – respondió.
- ¿Por qué no?

Pepito se levantó y se colocó el paraguas a modo de bastón.
 - Pepito es la imagen que me das, pero podría ser cualquier cosa.
- Me gusta llamarte Pepito – respondí. 
Pepito grillo sonrió.

- Entonces llámame Pepito si quieres.

Lo miré tiernamente, añoraba charlar con él.
- ¿Me prometes que todo se arreglará? - le pregunté con tristeza.
- Los buenos siempre ganan – juró.

Luego se desvaneció de la misma manera de la que había llegado, pero con una feliz carcajada marcada en su diminuta cara, reflejaba la mía. Sonreí al verlo desaparecer. Sabía que no sería la última vez que nos veríamos.